DEMASIADO YO PARA CABER EN UN MOLDE
Nunca he sabido muy bien qué responder cuando alguien intenta definirme. No porque no sepa quién soy, sino porque siempre me ha parecido un tanto absurdo pensar que una persona entera pueda caber en una sola descripción.
Vivimos en un mundo obsesionado con las etiquetas. Parece que todo necesita un nombre, una categoría, un nicho, una explicación que resulte lo suficientemente sencilla para que los demás puedan comprendernos. Y, por alguna razón, hemos normalizado la idea de que ser alguien implica elegir una sola cosa y permanecer fiel a ella durante el resto de nuestra existencia.
Qué aburrido, ¿no?
A mí, particularmente, me gusta demasiado la vida como para limitarme a una sola versión de ella.
Estudié Relaciones Internacionales y me apasiona comprender el mundo, sus dinámicas, sus conflictos y las complejidades de las sociedades que habitamos. Pero eso no significa que todas mis conversaciones tengan que girar alrededor de la geopolítica, la diplomacia o las relaciones de poder. Hay días en los que quiero discutir sobre asuntos internacionales y otros en los que simplemente quiero hablar de una novela romántica que me tuvo completamente obsesionado.
Me encanta leer. Puedo perderme durante horas en una distopía, dejarme llevar por la ciencia ficción o disfrutar sin ninguna culpa de un buen romance. También me fascina la moda, esa capacidad tan extraordinaria de comunicar quiénes somos sin necesidad de pronunciar una sola palabra. Me gusta un buen vino, descubrir restaurantes, conocer lugares nuevos y encontrar belleza en detalles que, para otras personas, quizá pasarían completamente desapercibidos.
Y no, ninguna de esas cosas me parece incompatible con las demás.
Hay algo particularmente especial en entrar a un restaurante y sentir que todo está en sintonía. La iluminación, la música, la conversación, el movimiento del personal, una copa cuidadosamente servida y un plato que parece contar su propia historia. Para mí, todo eso forma parte de una especie de danza apasionada entre las personas y los espacios que habitamos.
Me encanta observarla. Y, cuando puedo, fotografiarla.
No soy fotógrafo profesional, ni pretendo serlo. Simplemente disfruto capturar esos pequeños instantes en los que la vida parece estar ocurriendo exactamente como debería. Quizá porque siempre he pensado que apreciar las cosas también es una forma de vivirlas.
Y así como me gusta explorar lugares, también me gusta explorar las distintas maneras de expresarme.
Por ejemplo, me fascina el Spanglish.
Aprendí inglés por mi cuenta, sin academias ni un camino particularmente convencional, y me encanta poder moverme entre dos idiomas con absoluta naturalidad. Hay pensamientos que me nacen en español, otros que simplemente suenan mejor en inglés y algunos que necesitan un poquito de ambos.
And I absolutely love that.
¿Por qué tendría que elegir uno solo si ambos forman parte de mí?
Entiendo perfectamente que existen situaciones que requieren cierta formalidad, determinados códigos de comunicación o maneras específicas de comportarnos. Saber adaptarse también es una forma de inteligencia, y tener la capacidad de discernir cuándo hacerlo me parece indispensable.
Pero una cosa es adaptarse a un contexto y otra muy distinta es permitir que ese contexto decida quién sos.
En los espacios que construyo para mí, quiero tener la libertad de expresarme como me dé la gana. Sin sentir que debo justificar cada interés, cada cambio de opinión o cada nueva pasión que aparece en mi vida.
Y es que no quiero tener que convertir cada cosa que me gusta en una identidad permanente.
Puedo amar algo profundamente hoy y descubrir mañana algo completamente distinto que despierte la misma emoción. Puedo pertenecer a determinados espacios, sentirme en casa entre ciertas personas y compartir afinidades genuinas sin que eso signifique que deba quedarme encerrado en una sola categoría.
Pertenecer no debería significar limitarse.
Y quizá ahí es donde algunas personas encuentran cierta dificultad para comprenderme. No necesariamente porque yo sea complicado, sino porque estamos demasiado acostumbrados a entender a los demás a través de clasificaciones.
Queremos saber qué hace alguien, qué le gusta, cómo piensa, a qué grupo pertenece. Y una vez que encontramos una respuesta, pareciera que esperamos que esa persona se comporte siempre de acuerdo con ella.
Como si la identidad fuera un contrato que firmamos una vez y nunca pudiéramos renegociar.
How terribly boring.
A veces me pregunto en qué momento confundimos la coherencia con la monotonía. En qué momento decidimos que tener una personalidad definida significaba repetir las mismas ideas, los mismos gustos y las mismas versiones de nosotros mismos hasta el cansancio.
Para mí, ser coherente no significa ser predecible. Significa actuar desde aquello que genuinamente soy, incluso cuando mis intereses parecen no tener absolutamente nada que ver entre sí.
Y no, tampoco significa que quiera ser diferente por el simple placer de serlo.
No me interesa construir una personalidad alrededor de llevarle la contraria a todo el mundo. Ser auténtico no debería convertirse en otra actuación, otra tendencia o una nueva manera de buscar aprobación.
Me interesa algo mucho más sencillo, y es vivir una vida que se sienta mía.
Una vida en la que pueda ser curioso sin pedir permiso, sofisticado sin pretensiones, sensible sin vergüenza y lo suficientemente libre como para cambiar de opinión cuando descubra algo que transforme mi manera de ver el mundo.
Porque hay una diferencia enorme entre evolucionar y traicionarse a uno mismo.
Y, sobre todo, creo que entenderse es mucho más importante que conseguir que todo el mundo nos entienda.
No necesito que cada persona que conozca comprenda todas mis facetas, mis intereses o mis contradicciones. Tampoco pretendo ser un misterio indescifrable. Simplemente he aprendido que mi identidad no necesita ser traducida a una versión más sencilla para resultar aceptable.
Al final, lo verdaderamente importante es poder reconocerse en la vida que uno está construyendo. Ser feliz con ella, tratar bien a las personas que encontramos en el camino y tener la seguridad suficiente para no depender constantemente de la validación ajena.
Eso, para mí, es una forma muy bonita de poder.
Y si hay algo que he comprendido, es que prefiero construir una identidad que perdure antes que convertirme en una versión pasajera de lo que está de moda. Las tendencias cambian, los nichos evolucionan y las fórmulas que hoy parecen infalibles mañana quedan completamente olvidadas.
Pero hay algo que resulta mucho más difícil de reemplazar: una persona que ha aprendido a ser genuinamente ella misma.
Quizá por eso nunca me ha interesado demasiado encajar en un molde. No porque no pertenezca a ningún lugar, sino porque tengo la maravillosa posibilidad de pertenecer a muchos.
Y si vos también sos de esas personas que encuentran fascinación en demasiadas cosas, que se permiten explorar distintas versiones de sí mismas y que no sienten la necesidad de reducir toda su existencia a una etiqueta, entonces, sinceramente, te felicito.
Porque ya no sos una persona del montón.
De esas ya hay demasiadas. Personas que, por costumbre o comodidad, continúan perpetuando sistemas aburridos, rígidos y profundamente carentes de vida, donde el valor de alguien parece medirse en números, categorías y casillas que hay que marcar.
Y qué pena sería pasar por esta vida, con todo lo extraordinario que tiene para ofrecernos, intentando convertirnos en algo tan fácil de clasificar.
Yo, por mi parte, prefiero ser demasiado yo.
Y que el mundo encuentre la manera de acostumbrarse.
With luv…
